En este poemario Mariana transita cada recuerdo (o cada poema, que aquí es lo mismo) como en ese juego de muñecas rusas, mostrándonos la hondura de aquello que lo sustenta. Y claro, la memoria termina siempre como una casa tomada por ese quitarle la piel al pasado: “y dejar que se asome (...) / viejo, chiquito, sin importancia / con su mirada ingenua y sus pies de cemento / que camina agrandándose por el comedor / hasta vencer los pisos, derribar las paredes / demoler sin prisas /la sala de estar de la memoria”.
