“El monte guarda silencios que no todos saben escuchar. Mi abuela, la protagonista de este libro, me enseñó que bajo cada sombra de quebracho y cada canto de chajá laten memorias que nadie escribió, pero que piden ser contadas.
Una tarde, mientras ordenaba sus cosas, encontré un cuaderno gastado, con tapas de hule y hojas amarillentas. No tenía firma, pero en cada página reconocí su voz. Allí estaban las mujeres que conoció, que acompañó o de las que escuchó hablar en las noches junto al brasero. No eran solo relatos: eran raíces. Venas que se hunden en la tierra chaqueña y alimentan el presente, como el agua oculta que sostiene a los algarrobos.
Hoy, abro ese cuaderno y dejo que hablen. Porque estas mujeres, aunque invisibles para muchos, siguen respirando en la memoria del monte. Y porque, al leerlas, siento que sus voces cobran vida otra vez y se entrelazan con la de mi abuela y con todas las que vinieron antes…”
Amalia, su heredera.
