Desde una tercera persona concisa y con un estilo por momentos coloquial, Ramona Díaz
narra y describe en su novela Los Cambacitos de la Laguna Verde el mundo de la infancia, el
paraíso perdido y recuperado por la palabra literaria (como En busca del tiempo perdido, de
Proust). La reminiscencia y los fantasmas del pasado acuden como convocados para un
misterioso cónclave: la escritura. El estilo narrativo impecable se ve matizado por
momentos por descripciones de honda carga poética.
La nostalgia se vuelve texto y, Ramona Díaz, se explaya en la narración de recuerdos que
delinean un universo “virgiliano”; la huerta, los árboles, el río Paraná, el cielo y las aves
que entornan el ámbito de esta novela fundamental; la bella tierra correntina, cuna de la
autora. Los nombres idílicos pueblan los deseos de Nena, Flora y Jacinto (dos nombres de
la mitología grecolatina), quienes como en el mito, representan lo más bello e inolvidable
de los años de la infancia; la madre y el padre, los hermanos y el acontecer familiar.
El dolor y las dudas irrumpen en ese universo, pero la protagonista vislumbra un
camino, un puente por el que podrá, como en un atravesamiento del fantasma en
psicoanálisis, transponer a otro espacio: el de la vida que le aguarda como en el periplo del
héroe (en este caso de la heroína) y que la llevará a la gran ciudad: Buenos Aires, donde
proseguirá su existencia.
Desde lo coloquial y poético, el texto es rico en expresiones dialectales y regionales. Se
suceden los términos como cambacitos, chamamé, sapucay, que muestran el fino oído de
una gran escritora para captar los sonidos, los murmullos y la prosodia de un habla
particular, el rico sustrato guaraní de una zona arrullada por el transcurrir del Paraná,
como dice Manuel José de Lavardén: “Augusto Paraná, sagrado río, primogénito ilustre
del océano”.
Antonio Ramón Gutiérrez
